lunes, 23 de marzo de 2015

El Tribunal Supremo contra el pueblo

Artículo de Aníbal Malvar
El Tribunal Supremo acaba de dejar en ridículo a la Audiencia Nacional condenando a tres años de cárcel a ocho manifestantes que participaron en el asalto al Parlament catalán el 14 y 15 de junio de 2011. Convocadas por el 15-M, miles de personas entorpecieron la entrada de los diputados al Palau del Parlament al grito de “Paremos el parlamento, no permitiremos que aprueben recortes” (aturem el Parlament, no deixarem que aprovin retallades). A Monserrat Turra, incluso, le pintaron una esvástica en la espalda.
La sentencia del TS es una salvajada intelectual y un atentado contra el derecho de manifestación, el sentido común y la savia de la democracia. Si a un particular le pueden caer tres años de cárcel, como ha ocurrido, por abrir los brazos en cruz ante un grupo de diputados, nos están comunicando que nos pueden encarcelar por cualquier cosa. No creo recordar cadáveres de diputados por los suelos aquellos 14 y 15 de junio, ni cócteles molotov entrando por las ventanas del antiguo arsenal de la Ciutadella, sede donde pastan sus señorías, y al tupé de Artur Mas no le movieron ni un pelo.
Ya lo advertía la Audiencia en la sentencia absolutoria ahora revocada por el Supremo. En una manifestación pasan esas cosas, y no se puede criminalizar a la gente solo por el hecho de estar allí o de difundir la convocatoria. Una manifestación es un rollito con marcha porque la turbamulta quiere hacerse ver y oír, y no la escuchan, y está jodida, y está en el paro, y fue estafada, y fue engañada con programas electorales mendaces. Más o menos todo esto, aunque en lenguaje más fino, viene a decir la primera sentencia, la absolutoria, la de la AN. Son muchas cosas las que estos señores de los parlamentos han permitido que le sucedan al pueblo, y lo raro es que no haya más violencia, añado yo.
He asistido como cronista a muchas manifestaciones del 15-M, los Rodea el Congreso, las mareas, etc. Y he visto mucha más violencia policial que ciudadana. Pero sí, hay que reconocer que, aunque poca, sí hubo brotes de violencia ciudadana. Insisto en que no me extraña. “La violencia es también una expresión del miedo”, escribió el poeta Arturo Graf. Y el pueblo español tiene mucho miedo, bastante frío y algo de hambre, como un arrapiezo de Dickens.
Los ocho condenados podrán recurrir ahora ante el Constitucional, que, ni aun revocándola, podrá borrar la mancha de totalitarismo que ha dejado en la toga de nuestros juristas esta sentencia infame del TS. Es una sentencia dictada contra el pueblo. Contra su derecho fundamental a la manifestación.
Resultado de imagen de derecho a manifestarseYo ya sé que a Cristina Cifuentes, a sus comilitones y –ahora me entero– a los miembros del TS les gustaría que el pueblo se manifestara en manifestódromos y, a poder ser, en silencio, por no romper la siesta a ninguna marquesa. Pero al pueblo le gusta más la Puerta del Sol, con su encanto nuclear, su reloj de la Torre y su dieciochesca y mal habitada Casa de Correos. O el Palau del Parlament, que también presume de belleza arquitectónica. El español tiene muy buen gusto eligiendo rincones con encanto para manifestarse.
Quiero suponer que partidos políticos, sindicatos y la gente del 15-M ya estarán preparando manifestaciones contra esta sentencia vergonzosa, que quizá es hasta un estacazo contra el pueblo mayor que la reforma por la espalda del artículo 135 de la Constitución. En cuanto a los miembros del Supremo, yo les aconsejo que se lo hagan mirar. Presentan algunos síntomas de padecer una grave enfermedad llamada fasc… Bueno, lo dejo aquí, que si escribo la palabra entera igual estos me entrullan. Lo reconozco: me dan miedo.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Prohibida la entrada a los bajitos

Artículo de Antonio Aramayona

Suponga usted que monto un bar al lado de su casa y que no le dejo entrar por ser usted  bajito. Probablemente, con toda la razón del mundo, usted se sentirá indignado y discriminado, me denunciará por racismo, esperará que se haga justicia y que, como poco, me cierren el bar. Suponga usted que alego ante el juez que no le estoy discriminando, porque en el barrio hay otros muchos bares donde sí admiten a los bajitos como usted. Usted seguirá pensando que le estoy tomando el pelo y que el juez, en cuanto escuche mis despropósitos, incluso me aumentará las penas impuestas.Suponga usted, sin embargo, que el juez me da la razón. Más aún, que los gastos de mi bar los está pagando usted y los demás vecinos del barrio de su propio bolsillo. Suponga usted que mi bar es el mejor de la zona, además de estar libre de bajitos, casi tan vitandos como los inmigrantes, los gitanos, los  subversivos y los descreídos que habitan en la zona, y que tampoco permito entrar en mi bar.Resultado de imagen de colegios segregados chicos chicasSuponga usted ahora que, en vez de un bar, monto un colegio donde sólo se admiten niñas, pero no niños. Y que, como soy muy bueno, monto otro colegio al lado donde sólo se admiten niños, pero no niñas. Y que cuando usted me viene a reclamar a qué viene esa segregación, yo le respondo que no hay discriminación alguna, pues en la misma zona hay otros colegios donde estudian chicos y chicas juntos. Y que usted es tan libre de llevar a sus hijos a esos colegios, como yo de montar un colegio exclusivo para chicas o para chicos. Suponga usted que mis colegios están subvencionados por el bolsillo de todos, incluido el suyo, aunque la Constitución (artículo 14) declare que no cabe en el país "discriminación alguna... por razón de sexo o cualquier otra condición o circunstancia personal o social", y aunque laa leyes educativas vigentes descarten la financiación de centros escolares donde haya "discriminación de cualquier índole". Suponga usted, pues, que desde el poder se decide que, a pesar de todo, mis colegios son financiables con fondos públicos y son respetuosos con la Constitución, la libertad de enseñanza y la igualdad de los ciudadanos.Usted, estaría cabreado y estupefacto al ver que yo no le dejaba  entrar en mi bar por ser bajito. Igualmente, podemos preguntarnos todos qué motivos reales son los que llevan a mantener en España unos centros de enseñanza donde se practica con tanto empeño la segregación sexual. Y por muchas vueltas que se le quiera dar al asunto, sólo se me ocurre una psicótica sexofobia. Últimamente ha vuelto a aparecer en los medios de comunicación el mantenimiento y la ampliación de la subvención pública de algunos colegios (principalmente del Opus Dei) que admiten sólo alumnado del mismo sexo. Seguramente suponen que un muchacho sentado en el mismo pupitre de una chica, lejos de concentrarse, rendir académicamente y aprovechar en sus estudios, corre el riesgo de desperdiciar sus energías intelectuales, además de poner en grave peligro su alma. O que una chica, en lugar de hacerse una mujer como Dios manda, puede llegar a ser presa en las redes del diablo. Y que el rendimiento escolar de ellos y de ellas es superior sin ellas y sin ellos, respectivamente.Resultado de imagen de colegios segregados chicos chicasDe hecho, en un folleto editado en un colegio balear perteneciente a la red de sus centros de enseñanza, se lee que “las mujeres son diferentes de los hombres en su orientación básica hacia la vida”, por lo que “las chicas  desarrollan mejor su capacidad de liderazgo y autoconfianza en centros femeninos”, dado que “se ha demostrado que en centros mixtos los chicos entienden mejor a las chicas, pero les pierden el respeto”. Son estas y otras muchas perlas ideológicas similares las que sirven de norte en unos colegios subvencionados con el dinero público que usted y todos pagamos de nuestro bolsillo. La Constitución Española declara que cada uno es muy libre para casi todo, incluso de padecer los delirios, manías y fobias que quiera, pero que de pagárselos los demás, nada de nada. No sea que a alguien se le ocurra montar un bar al lado de mi casa y no deje entrar a los bajitos, los feos, los que escriben cosas impertinentes, los raros, los pervertidos, los degenerados, los desviados, los descarriados y, el colmo de los colmos, a los que defienden que a los bares entra todo el mundo o se cierra el bar.